Ese ímpetu demoledor de las esquinas concluye la sed de guerra y ese línea de fidelidad regresa en el tiempo a complementarlo, cuando en su justo lugar lo debía preceder. Un muchacho consume su vida en una esquina y ese termino siendo su mundo. No su verdad pero si su espacio. Creció, amo y murió preso de los mismos movimientos de todas sus vecinas. Ninguna nota sirva de disculpa al único fin que tienen la palabra. Música para ciegos puede dar idea -Anarquía del ensueño- pero solo logra un desfogue. La toxicidad del ensueño. Solo pretende que algún muchacho de entonces suba a este bus sin nostalgia de despedida ni (miedo) de regreso.
(JEO C861.6 C346)

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