En un tiempo detenido los integrantes del Taller de los escritos se reúnen para leer, en voz alta, sus textos: cuentos, relatos, crónicas diversas. Si los miras bien, verás que cada uno, además, sostiene una copa de la que bebe, cada cual a su ritmo, uno muy parecido al de su escritura. Luego, se dedican a pulir y a revisar en esa exigente pero apasionada labor de correctores. Al terminar la sesión, una vez quien funge de director ha tocado la mínima campana, todos deberán partir porque el sueño y el descanso los reclaman, pues es ya muy tarde. De noches como ésa no quedan más constancia que el recuerdo y este libro, Por tanto, al entrar en él, encontrarás olor a vino, reminiscencias, una vaga neblina en la que se esconden los monstruos y los asesinos aleves que por aquí discurren atrapados en el texto. Pasarán también los amores idos y esa sensación de extrañeza ante lo que fue tanto y hoy es ido. Y los recuerdos de infancia y de adolescencia y siempre la ciudad de ayer, la de hoy y hasta la de mañana. Un libro de taller es siempre un experimento y una novedad.
(JEO C868.7 A168)

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