Los Sabores colombianos no arrancaron con una magdalena desmenuzada en una taza de té, sino con un simple jugo de melocotón: al primer trago el autor se sintió transportado a su infancia, a muchos kilómetros y muchos años del momento en el que estaba bebiéndose ese jugo. Escribió las primeras notas en un posavasos de cartulina y, tras desarrollar el primer relato, decidió continuar con esa recuperación de la memoria gustativa y olfativa de su infancia en Colombia. No iba a ser un libro de cocina, sino un libro sobre comida, y también sobre imágenes, todas las imágenes encerradas en los álbumes de fotos y en los papeles conservados por su familia: sería un álbum de sabores y de olores; unas memorias gastronómicas de su infancia feliz.
(JEO 641. 59861 G569 e2)
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