Podría concebirse la cocina como una obra de teatro: en ambas son necesarios los personajes, la trama y el desenlace; ingredientes, preparaciones y degustación serían los equivalentes culinarios de esa trilogía dramática. Si el escritor concibe la obra y la plasma en un texto, el cocinero hace lo mismo mediante un recetario. Nuestra cocina se basa en la asociación de elementos autóctonos americanos y otros foráneos (europeos, africanos y asiáticos). Esta diversidad de ingredientes, reflejo de una historia accidentada, se fundieron unos con otros al calor del relacionamiento de los distintos pueblos que formaron nuestra nacionalidad. De entrada, podría calificarse nuestra cocina de mestiza, sin que tal característica constituya su diferencia específica, pues ¿existe alguna cocina que no lo sea? Si tomamos la culinaria hispánica, que es sin duda una de las fuentes más importantes de nuestra cultura alimentaria, encontraremos en su acervo rasgos de varios pueblos, pues tiene ella raíces célticas, góticas, íberas y arábigas. Sin embargo, admitiendo que en toda cultura culinaria está presente la transculturación, también ha de aceptarse que la forma como se han mezclado las diversas tradiciones conduce casi siempre a un resultado distinto. De allí que tengan gran importancia para caracterizar una cocina esos modos coquinarios específicos.
(JEO 641.01387 L911)

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