En La vida del Buscón palpita la realidad; la realidad fragmentaria de otras novelas picarescas está aquí deformada como resultado de la técnica caricaturesca y recargada de Quevedo. El dibujo se hace caricatura. El clérigo del Lazarillo se convierte en el Buscón en un monigote guiñolesco de líneas descomunales: es un hombre tan alto y delgado como una cerbatana; el gaznate, largo como de avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer, forzada por la necesidad; los ojos, tan hundidos que parecían estar "avecindados en el cogote"; las piernas tan flacas, que semejaban "tenedor o compás"; los pies inmensos hasta el punto de que "cada zapato podía ser tumba de filisteo". La objetividad propia del retrato descriptivo se ha transformado aquí deformidad caricaturesca.
(JEO 863.3 Q58)
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