¿Un pretencioso libro de recetas? No; un libro basado en la analogía entre el alimento de la mente y el alimento del cuerpo, el menú de esa filosofía que, como si de comida se tratara, elabora el pensamiento, lo prepara, lo cocina y lo sirve a la mesa. Filosofar y cocinar, actividades antiquísimas ambas, han permanecido a menudos ajenas la una a la otra, entre otras cosas por la diferencia de sexo de quienes las practican: ámbito femenino por excelencia la cocina, territorio puramente masculino la filosofía. Pero conocer y comer están hechos de la misma pasta y son hijos de la misma madre, como nos dejan entrever numerosas metáforas: devorar un libro, digerir un concepto, mascar algo de latín, tener sed de saber. Estas páginas, ingeniosas y amenas, nos introducen en un laboratorio de filosofía culinaria, o mejor aún, en una cocina filosófica donde se reúnen estos dos mundos: comiendo olivas e higos secos con Platón, sentados a la mesa de Kant, recostados sobre la hierba para merendar en compañía de Kierkegaard o pelando patatas con Wittgestein se saborean más las ideas y se comprende mejor la riqueza cultural de los alimentos que alegran nuestras mesas.
(JEO 641.01 R572)

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