El benedictino paso un manojillo de plumas multicolores sobre el canto superior del libro; su carota redonda soplo, como la del dios de los vientos en las cartas marinas, para disipar el negro polvo. Abrió el libro con un estremecimiento que, dadas las circunstancias, parecía delicadeza o indecisión. La luz, que caía oblicua, desde la alta ventana, sobre el folio color arena, otorga relieve caracteres: una cuadrilla grotesca, aplastada, seca, de hormigas negras. Su excelencia Abdallah Mohamed ben Olman se inclino sobre esos signos. Su mirada habitualmente lánguida, aburrida, fatigada, había adquirido vida y agudeza.
(JEO 853 S416a)

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