Comer bien es dificilísimo, como lo saben de sobra los lectores de libros de cocina. Y no hablo de comer bien desde el punto de vista de los modales de mesa: distinguir el cuchillito redondeado de la mantequilla de la pala picuda del pescado, no masticar con la boca abierta, no eructar, saber para qué sirve ese curioso instrumento retorcido y ominoso como de dentistería que... jah!, ¿para los caracoles a la bourguignonne? ¡Qué ingenioso! Todas estas son convenciones sociales, que cambian con los tiempos y los lugares, y poco tienen que ver con el placer del buen comer. Es el placer lo que es difícil.
(JEO 641.5 C112)

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